Música ambiental

La hora pico, el principio de mes, el fin de semana de recién cobrado, son momentos en los que los salones rebosan de gente y el ruido de la multitud silencia cualquier otro sonido. Sin embargo, temprano en la mañana, después del día veinte de cada mes, o tal vez entre semana, los hipermercados no presentan la superpoblación antes mencionada.

Entonces es cuando se puede caminar y oír el chirrido de las ruedas del carrito de compra.

Entonces es cuando oímos el arrastrar de pies de los pocos compradores presentes.

Entonces es cuando la música de fondo pasa a primer plano.

Puede parecer menor pero podría ser el principio de una serie de cambios que enajenaran al mundo como lo conocemos. Como si ese cambio en la situación externa modificara la naturaleza de la música y dejara de ser algo para ser otra cosa. La entidad que la caracterizaba se diluye en el silencio y cobra un protagonismo que se instala en los silbidos despreocupados y los tarareos marcando el compás con la cabeza de los compradores que aún no se percatan del cambio que se ha producido. La costumbre los lleva como autómatas y no son conscientes de la modificación de la realidad en la que están inmersos.

Sería posible que una pequeñez acaso tan sutil estuviera anunciando un nuevo paradigma. Que la música ambiente sea protagónica es una profundo giro ontológico, tal vez tanto como los hipermercados vacíos. Acaso son lugares fuera de esta dimensión o pertenecientes a un cosmos paralelo al que se accede solo los miércoles a las nueve de la mañana.

Me pregunto de cúantos portales interdimensionales ignoraré su existencia.

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La aventura de comprar

El hiper como exploración urbana

Los hipermercados y grandes tiendas ofrecen una experiencia de compras que va más allá de la cantidad y surtido de productos y rubros. Es palpar el poder adquisitivo, es certificar de alguna manera la idea de cintura financiera y sentirse en el final de la cadena de valor como un imán que mueve la producción y sin el cual carece de razón todo el proceso. Somos clientes, consumidores, compradores, el objeto de infinitas campañas publicitarias y promociones, los destinatarios de cientos de flyers y mailing rebosantes de ofertas.

Cuando las puertas automáticas se abren ante nosotros se presenta un paisaje infinito de estantes y pasillos con todo, absolutamente todo lo que queremos, necesitamos, anhelamos y deseamos.

Nuestro carrito es el vehículo en el que nos adentramos a explorar ese mundo lleno de cajas y paquetes que pueden contener la felicidad instantánea. Como conquistadores dispuestos a descubrir y llevarnos todos los tesoros posibles, dejamos las mochilas y bolsos en un locker, dejamos que nos precinten la cartera y nos adentramos en la aventura.

Descubriendo el orden la metafísico de las góndolas

Si bien es cierto que más o menos todos los super e hipermercados tienen unos criterios similares de clasificación y orden, este puede variar y ofrecer la oportunidad de descubrir los ejes regidores, la columna vertebral, los parámetros invisibles que modelan la disposición de las cosas, permitiéndonos descifrar el código y acceder al índice maestro. Una vez resuelto esto y trazado el mapa virtual-mental de la estructura uno puede largarse a caminar sin rumbo, solo paseando y admirando o bien arrancar con paso firme hacia lo que necesita sin desviar la mirada hacia las miles de distracciones que se nos cruzaran en el camino.

La misión – La diversión

Yo tengo una lista confeccionada de antemano, con el detalle de lo que buscaré. Esta precisión me ahorra tiempo de caminatas inútiles y ociosas observando y decidiendo si necesito esto o aquello o no. Con la lista voy directo al blanco, sin rodeos, sin dilaciones innecesarias. Sin embargo, esta manera de presentarnos ante este universo, nos deja afuera de otra parte importantísima y constitutiva de la experiencia de comparar: la diversión. Es tan importante, que más de una vez hemos ido con mi familia a pasear y ver cosas y no a buscar tal o cual producto. Como si fuéramos a caminar entre góndolas, disfrutando como turistas en Venecia  y preguntándonos si lo que vemos lo necesitamos o lo queremos

Inducción o asistencia

Mucha gente ha estudiado largamente y en profundidad estos temas. Es cierto que no son necesariamente una oposición, pero pude observar la manera ingeniosa en que una se esconde en la otra.  Como estrategia de ventas está por todos lados y a veces tan bien camuflada que para cuando se descubre suele ser tarde. El Orgullo se ve vulnerado y corre a llorar desconsolado a los brazos de nuestra Billetera que nos consuela con un no fue tanta plata o qué querés por cincuenta pesos. Entonces secamos nuestras lágrimas y salimos a la vereda a jugar con nuestro “nuevo limpiador semi automático de persianas americanas hecho de microfibras que desintegran el polvo y lo absorben garantizando la salud de la familia y unas persianas relucientes como el primer dia”.

Cuando se vive en lugares chicos, en pueblos pequeños, el viajar a una ciudad y entrar a un hipermercado es una experiencia emocionante, una aventura sin lugar a dudas. Más allá de las cuestiones de marketing y estrategias de ventas, son lugares donde la mirada se recrea, la imaginación vuela, el corazón se acelera y la tarjeta de crédito transpira.

Insomnio, procrastinación y próstata

Solía despertarme de noche. La madrugada a veces me encontraba insomne y hambriento, con una necesidad patológica de dulce. Estos despertares terminaban indiscutiblemente en la cocina, con una taza de leche chocolatada y un paquete de galletitas dulces o vainillas.

Pero el atracón de azúcar no era lo único que terminaba manteniendome levantado por un par de horas. Mientras bebía de mi taza humeante o sumergía una vainilla en ella, tenía abierto ante mí mi cuaderno de notas, donde el tiempo se plasmaba en letras o trazos que luego algún Champollion descifraría. El tiempo levantado lo aprovechaba para escribir, relatar mis ideas, mis pensamientos, mis deseos, registrar mis experiencias, una anécdota o simplemente una frase que me gustó, un relato, un cuento, un verso.

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Así, aquello que fuera un principio de problema para consultar a un profesional, termina convirtiéndose en una descarga del subconsciente a través de la escritura. La casa siempre tuvo puertas en la cocina lo que me permitía moverme con soltura y tranquilidad de no despertar al resto de sus habitantes.

Cuando fumaba, también era un muy buen motivo para abandonar la cama luego de dar vueltas sin lograr conciliar el sueño.Me encerraba en la cocina una vez más y cigarrillo en mano, escribía. Pero desde que abandoné el hábito del tabaco el mundo ya no es el mismo. Y siguiendo la línea de cuidado físico, de protección y mantenimiento preventivo de este templo que habito, también me cuido más en las comidas, casi dejé las galletitas y prefiero alimentos sin azúcares procesadas.

Esta suerte de toma conciencia de mi salud (y de la familia porque en realidad es un movimiento que acompañamos los cuatro a distintos niveles pero enfocados en la misma meta) terminó mostrando una arista imprevista. Junto con esos pequeños cambios en lo cotidiano, mejoró no solo mi sentir sino la calidad de mi sueño. Así ya no me desperté tanto de noche y el descanso comenzó a ser mucho más profundo y efectivo.

Como consecuencia comencé a escribir menos.

Parecerá difícil de entender tal vez, pero el día a día estaba lleno de ocupaciones que me distraían de la escritura. Siempre surgía algo para ocupar mi atención y mi tiempo. Y la escritura quedaba relegada a otro momento siempre y cada vez.

Procrastinación. Cuando oí la palabra me confundió y solo la pude relacionar con el idioma alemán, una enfermedad o síndrome moderno y novedoso, o algo antiguo como una corriente filosófica o el nombre de los ritos iniciáticos de una secta secreta. La verdad es que no sabia que significaba. Pero era tal cual lo que me pasaba: postergar algo y sustituirlo por actividades más irrelevantes o placenteras. ¡Eso me pasaba con la escritura! La postergaba y me entregaba apasionadamente a barrer lo barrido o limpiar lo limpio. Paralelamente desarrollé mi TOC, lo cual tiene mucho sentido para mi.

Pero ahora, con mis cuarenta años cumplidos, viene a salvar la situación el único órgano que jamás creí  que me fuera ayudar a nada. Damas y caballeros: mi próstata. Como si fuera un reloj al que uno no apaga con bronca y deseos de continuar en la actividad onírica, mi próstata me despierta rigurosamente a las cuatro de la mañana de una manera tan categórica como ineludible. Mi vejiga necesita vaciarse y no hay sueño (de cansancio, ganas de dormir), ni sueño (como representación mental del subconsciente), ni sueño (como anhelo o deseo profundo que marca un rumbo) que pueda evitarlo. De esta manera, lo que mi conciencia no puede manejar y se enajena de su control procrastinandome todo el día, mi próstata, como un héroe en las sombras y anónimamente, se encarga de encauzar y llevarme hacia donde debo ir por medios que son tan contundentes como efectivos.

Todas las mañanas, antes de que cante el gallo, me levanto al baño y ,ya que estoy despierto, leo o escribo un rato. Luego vuelvo a la cama y descanso otro par de horas y casi todas las partes de mi cuerpo están felices.

¡Gracias Próstata inflamada por ayudarme a vencer la procrastinación y el insomnio!

 

¡Vivan los Lunes!

Los lunes siempre son soleados, frescos como una prenda a estrenar o la brisa limpia una tarde calurosa. Siempre me parecieron el mejor día de la semana. Se me ocurren esperanzados, motivadores, desafiantes en el buen sentido. Ante mi se plantean siete posibilidades nuevas de ser y hacer. ¿Qué más desafiante que eso? Son ideales para planificar, comenzar cosas, decidir no hacer más otras.

Sin embargo hay mucha gente que no lo ve de ese modo. Para esa porción el lunes es un día sombrío, pesado y nefasto que deben transcurrir en su infeliz trayecto semanal hacia el glorioso viernes.

La belleza del lunes radica en la idea del ciclo. La ciclicidad de la semana, el mes, el año, el calendario completo, la misma Tierra alrededor del Sol, esa idea de repetición, de vuelta, de recomenzar, de pasar por Go y llevarse los doscientos pesos del Monopoly. Pero atención porque no es lo mismo que la teoría del eterno retorno. En este postulado, el universo se repite sin variación luego de transcurrirse tal cual.

El eterno retorno está basado en el determinismo. Plantea que las variaciones causales que generaron el cosmos y su historia, luego de transcurridas todas la posibilidades, volverán a ser como al principio, sin importar pensamientos o decisiones porque todo está determinado.

Ese universo representa un indulto eterno para los criminales y la carencia de toda virtud de cualquier acto benéfico. Toda moral pierde sentido y se diluye en la causalidad determinista reducida a un simple es lo que debe ser.

No me gusta tanto la idea. Es una teoría cómoda para algunas mentes tal vez pero no para mi. Prefiero ser y decidir. Con toda la responsabilidad que eso conlleva. Con las penas y alegrías de cada opción pensada y tomada.

La idea que planteo es una nueva oportunidad cada vez pero sin olvidar y basándose en las anteriores. Es más evolutiva. Se tiene la posibilidad de cambiar algo y experimentarlo y ver los resultados y volver a cambiarlo o no. Es así como uno puede mejorar, progresar, aprender, perfeccionarse, crecer, desarrollarse, evolucionar.

Una hoja de papel o un lienzo en blanco o el tanque de combustible lleno y la ruta despejada.

El lunes es el mejor día para ser eso que queremos ser o acercarnos un poco más.
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TOC inercial

Soy una persona vueltera. Cuando me decido a hacer algo, primero hay mil cosas para completar. Si de salir se trata, tengo que barrer la casa, acomodar la cocina, juntar y guardar cada cosa en su lugar, ir al baño, calzarme  y recién entonces salgo. Esto sin duda que se debe también a mi TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) ya que es común que las personas sufran más de un tipo de compulsión.

¡Es una locura que tenga que ir al baño de nuevo cinco minutos antes de salir! O que se me ocurra sacar la basura cuando ya todos están en el auto con el motor en marcha y la llave puesta del lado de afuera de la puerta de casa. Por supuesto que no es solo sacar la bolsa de basura… Es sacarla, anudarla, limpiar el tacho, colocar una bolsa nueva y reubicar el tacho en su lugar bajo la mesada de la cocina, sacar la bolsa hasta la puerta y volver a verificar que el piso no se haya manchado con nada.  

Mi bolso merece un texto aparte, pero baste decir por ahora que también es motivo de demoras. Encontrarlo, revisarlo, vaciarlo de papeles innecesarios como tickets viejos o envoltorios de caramelos, corroborar que los papeles que necesito estén ahí, llevar lapicera, papel para anotar cualquier cosa que tenga que anotar, comprobar que estén billetera y celular, cargador y auriculares, que la monedas están en el bolsillo de las monedas, colocar la bolsa de compras o lo que necesitemos para esta salida en particular, cerrarlo y colgarlo cruzado de mi hombro izquierdo .

Todo es motivo de retraso, demora, vueltas y más vueltas casi como si estuviera buscando algo que me mantenga en ese estado de preparación, de antelación previo a la salida.

Porque de repente todo puede convertirse en motivo de verificación o revestir carácter de necesidad urgente a cumplimentar antes de irme.

Tal vez, se me ocurre mientras escribo, sea una especie de inercia mental. Un querer mantener el status quo apelando a cualquier excusa. Pero solo ocurre en un sentido. Cuando debo volver no sucede.

Si sucede.

Sucede igual, pero a veces se nota menos por una cuestión de ajenidad, de no pertenencia, por no tener tanta libertad a la hora de manipular la vuelta. No puedo ponerme a lavar los platos en un restaurante, pero puedo esperar pacientemente a que el mozo me mire para solicitarle la cuenta, acercarme a la caja y charlar con el encargado de cualquier tema que surja, ir al baño a lavarme las manos, volver a la mesa para buscar y dejar la propina, acompañar a alguno de mis hijos al baño o preguntar más de una vez si necesitan ir y si no lo necesitan, obligarlos a ir para lavarse las manos al menos.  Incluso el saludo de despedida – Gracias de nuevo, Hasta pronto y gracias, Que tengan un buen día, Gracias, igualmente – se puede percibir como una prolongación innecesaria, un intento de permanencia en el lugar, un último manotazo a la sortija de la calesita, porque no me quiero bajar…  

Mi esposa e hijos ya están en el auto, con el cinturón de seguridad puesto y el motor en marcha y yo aun estirando el retorno, colocándome el abrigo, hablando con alguien, cediendo el paso a una señora, sosteniendo la puerta para que entre o salga alguien más, atándome los cordones o subiéndome una media. Pareciera que el cosmos conspira para reforzar mi TOC presentándome cientos de oportunidades para manifestarlo.

Sin ir más lejos, tendría que haber salido hace quince minutos y aquí estoy escribiendo…

Estaba.

Ya voy…

Primero termino acá y ya salgo.

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Defenderse en la cocina sin terminar en el horno

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Cocinar para la familia implica una gran responsabilidad y creatividad. No sólo se necesita nutrir los cuerpos con todos los grupos alimenticios, sino que además debemos respetar las cantidades, los sabores y los gustos personales de cada quien, sin olvidarnos de la presentación misma. Después de todo la comida entra por los ojos.

Nunca aprendí a cocinar, siempre herví agua para salchichas y preparé arroz, pero cuando comencé a tomar las riendas de la cocina en los almuerzos, me encontré con que necesitaba ayuda o nadie almorzaría más en casa.

Las primeras armas las hice repitiendo, por imitación de lo que recordaba de mi infancia, tal vez mi adolescencia. Luego y notando los baches de la memoria, comencé a preguntar a la gente cercana y de confianza. Así fui “robando” recetas, que jamás quedarán como las originales pero al menos distraen de las salchichas con arroz.

No voy a mentir y reconoceré que YouTube  me acompañó y aún lo hace, en este camino culinario. De igual modo algunos blogs, algunas páginas de marcas y ,por supuesto, Google, estuvieron y están siempre ahí para socorrerme cuando mis ideas vuelan o me asaltan las dudas técnicas.

 

Nutrir el cuerpo o disfrutar la comida: alimento o trámite

A veces me encuentro en esa encrucijada de no saber qué cocinar. Muchas cosas entran en consideración. Lo nutritivo, lo sabroso, la repetición, la presentación, el tiempo de ejecución, la disponibilidad de materias primas, los antojos…

Comer no solo es nutrir el cuerpo. Esto lo aprendí con dolor al llevar de vuelta a la cocina los platos llenos porque no les gustó algo. Comer es una experiencia que va más allá de la simple ingesta de nutrientes. Y a mi siempre me había parecido solo un trámite que cumplimentar, una mera cuestión burocrática de mi cuerpo. Ahora entiendo que si fuera así no habría instituciones dedicadas a perpetuar los secretos de la cocina, ni comercios cuya única actividad  consista en cocinar y alimentar a la gente.

 

¿Sobre gustos no hay nada escrito?

¡Enorme mentira! Cientos de páginas hay escritas acerca de los gustos y preferencias de la gente, las diferencias de paladares y sabores típicos de acuerdo a las regiones, etnias, costumbres, sobre combinaciones probadas con éxito o con resultados desastrosos. Si se busca en la red, hay de lo que pidas. Así que sobre gustos hay de todo escrito e Internet es un cartel infinito de sabores en una heladería imposible de imaginar.

Por lo general, lo que hago es comenzar buscando qué tengo para cocinar para tener una idea de las maneras de hacerlo. La foto que acompaña al texto nunca determina la aceptación ni el rechazo de una receta, pero ayuda a decidir. Lo segundo que miro es la lista de ingredientes, porque cuando comienzan a pedir “un cuerno de unicornio”, o “un pedacito de cabello de foca que cualquiera puede tener en algún rincón de su alacena” cierro página y pasamos a lo que sigue.

Los ingredientes son importantes a la hora de decidirme por una comida u otra, no solo por la disponibilidad, si no por la aceptación de mi familia, no olvidemos que mis hijos no tienen paladar de chef sino de niños.

 

Cuando el reloj no espera

Los tiempos de elaboración a veces son muy breves y otras imposibles. Tengo un lapso limitado para preparar, que almuercen y vayan a la escuela  y la receta me pide que “coloque el horno en mínimo por al menos hora y media” o que “deje macerando toda la noche ” ”¡NEXT!”

Asumo la responsabilidad de no planificar tal vez como un profesional de la cocina, pero no lo soy. Me encuentro ante estas situaciones y debo resolverlas como si fuera un chef internacional  pero a penas soy un hombre. Tiempos largos en la cocina, no. Practicidad, sencillez y brevedad son las tres cosas que busco en una receta. No puedo demorar en preparar una comida cinco veces el tiempo que me lleva comerla.

Intento no caer en la trampa de las comidas instantáneas o tipo de astronauta. Esas comidas de “hidratar y microondas”, justamente porque simulan ser de astronauta y no lo son. Sabores artificiales y nutrientes muy alejados de los necesarios para llenar el tanque de combustible de nuestro cuerpo. Aunque hay reconocer que más de una vez me han salvado cumpliendo su promesa de instantaneidad y poniendo comida en la mesa en diez minutos.

 

Técnicas y Tácticas

Nunca hay que menospreciar el trabajo artesanal y manual, ni el oficio aprendido a través de la observación, repetición y práctica, muchísima práctica. Las técnicas de ejecución de ciertas comidas o simplemente cortar una cebolla, requieren bastante tiempo de práctica para adquirirse. No es algo de solo observar y repetir. Horas de dedicación, dedos pinchados y cortados, quemaduras de aceite y preparaciones enteras en la basura son necesarios para aprender y poder ejecutar con cierta soltura estas técnicas. Lejos estamos de dominarlas, solo espiamos por sobre la medianera de la cocina como arte.

Cierto es que hoy existen infinidad de maquinarias y herramientas que facilitan ciertos trabajos y ciertas preparaciones. Desde batidoras eléctricas, hasta ralladores especiales que cortan rodajas perfectas y finas o tiras espiraladas y parejas. Mi esposa es una apasionada de estos artilugios culinarios de modo que nuestra cocina está llena de “ayuditas”.

Otras ayuditas son mis propios hijos. Desde rebozar milanesas hasta batir alguna preparación, pasando por medir y pesar cantidades de ingredientes, mis hijos me ayudan con gran gusto muchas veces. Otras están  obligados y no tienen opción a negarse, como a poner y levantar la mesa, o acomodar la cocina luego de comer. Siempre tratamos de que el trabajo, los quehaceres sean equitativos y alternados para que no recaigan siempre en la misma persona.

Pero sin duda la mayor ayuda siempre es mi esposa. Ella es capaz de cocinar lo que sea con nada. O mejor aun inventar una cena sabrosa con las cosas que tenemos en casa. Una habilidad más que le admiro:  el poder de resolución espontánea. Esa imaginación instantánea que yo quisiera tener al menos para escribir, a ella le fluye naturalmente.

Dormir ahora o a la hora de dormir

Hay veces que la libertad o el deseo de ésta resulta en un desorden. Aplaudo las iniciativas para ampliar derechos y garantías, pujando por más libertades individuales y colectivas, pero la hora de dormir es la hora de dormir.

En casa siempre ha sido complejo el tema y no lograría explicarlo en profundidad en algunas palabras, sin embargo permítaseme decir que tenemos fluctuaciones horarias y dificultades para subsanarlas.

Me encantaría poder irme a la cama a las diez de la noche, luego de cenar y bañarme, para ver una película. Pero mis obsesiones son un impedimento para hacerlo. Primero debo cerciorarme que la cocina esté limpia y acomodada, igual que el resto de las dependencias comunes de la casa como comedor, baño, pasillos; que la ropa para usar el día siguiente esté  escogida, lista y planchada, tanto mía como del resto de la familia; objetos que voy a usar en la mañana deben estar listos y a la mano o al menos en su lugar habitual, como ser el mate, termo, yerbero y azucarera debidamente completos, pantuflas o zapatos o zapatillas limpios y con talco desodorante etc, etc, etc… La lista es finita pero muy larga. Por supuesto que puede haber variaciones, como cosas que a veces se hacen y otras no. Ciertas acciones se completan compulsivamente y solo pensar en su olvido puede desencadenar una fobia, mientras que con otras soy más flexible y me permito una especie de soltura o liviandad al respecto. De cualquier manera, estas actividades demandan tiempo y esfuerzo, que mi familia siempre agradece aunque no sea en palabras cuando van a vestirse y su ropa y abrigos están donde deben o sus zapatos están limpios. La contracara es que suelo ser el último en acostarse, allá como a la una de la mañana. Feliz por saber satisfechas mis obsesiones, me acuesto y me duermo, a veces con cinco minutos de televisión o de celular en mi haber.

Pero la familia tiene horarios que escapan a nuestra decisión. Uno podría comer cuando tienen hambre o beber solo cuando tiene sed o ir al baño cuando siente ganas. Esos si son horarios intrínsecos, propios y que se puede decidir aceptarlos o cambiarlos. Pero la entrada a la escuela, al trabajo, las clases de gimnasia e inglés, la apertura y cierre de almacenes y supermercados, la salida y puesta del sol, están fuera de nuestro poder de decisión. No dependen de mí ni de ninguno de los miembros de mi familia el establecimiento o cambio de estos horarios pero debemos atenernos a ellos y acomodar nuestras actividades cotidianas.

La hora de dormir presenta esa ambigüedad, ese doble juego que no es del todo evidente. Podemos dormir o no cuando tenemos sueño, pero no podemos dormir cuando no tenemos sueño. Y aún más, el horario de trabajo-escuela-actividad recreativa-oficina pública o privada-comercio de cualquier índole, será el mismo independientemente de la hora en que nos dormimos. Esto es lo que me impulsa en mi deseo de fijar un límite horario, una rutina nocturna que tienda a ordenar, emparejar y brindar a mi y mi familia la estructura sobre la que se basa el cosmos: el almanaque y la agenda universal.

Mis hijos y esposa son más libres en éste y en otros tantos aspectos de la vida. Carecen de las férreas estructuras que me aprisionan y torturan y su espontaneidad los hace dignos de mi observación y admiración. Incluso podría a decir objeto de estudio, pero sin la rigurosidad del método científico es solo contemplación y apreciación.

Tal vez solo sea mi TOC expresándose una vez más, buscando como siempre maneras de mantenerse vigente y en el foco de mi atención. Tal vez solo sea locura mía.

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Menos melanina, más experiencia

Luego de teñirme el cabello y relatarlo, comencé a pensar en las canas con más profundidad. No sólo en la ausencia de melanina o los años que evidencian, sino en lo que viene junto con los almanaques tirados a la basura: experiencia. El paso del tiempo puede dejarnos plateadas las sienes, algunas arrugas en el rostro y tal vez algún dolor en algún lugar del cuerpo o del alma. Pero lo que más caracteriza al paso del tiempo es la experiencia.

El tiempo solo es medible a través del movimiento. Pensalo por un momento y vas a ver que es así. No hay artefacto alguno que midan el tiempo en sí mismo, sino medidores del cambio que se sucede en el tiempo, más precisamente el movimiento. Desde los relojes atómicos, pasando por los relojes de arena y los de aguja, hasta los relojes de sol, todos mesuran el movimiento que se da en el transcurso del tiempo. El movimiento es estar en un lugar y luego en otro, es cambiar de posición. El movimiento es cambio. Esto solo es posible en el tiempo, es decir, sucesivamente, en ese orden inalterable de antes, ahora, luego. El tiempo es cambio, es transcurrir, es acontecer, es acción.

Mis canas son síntomas del tiempo transcurrido, de la cantidad de calendarios que viví, de todas las noches que dormí, compartí y reí y lloré, de todas las mañanas que vi amanecer y las que amanecí sin verlas, de todos los momentos que pasé con mis hijos, mi esposa y solo conmigo. Mis canas son el producto de todas las películas compartidas en familia, de las siestas dormidas acompañado, de los interminables viajes de charla y mates. Y no solo eso.

La interna percepción de la realidad y su elaboración también ocurre en el tiempo. A esto es lo que llamamos experiencia. Cuando se vive y se transita el cambio, la manera en que lo asimilamos y elaboramos a nivel interno es la experiencia. Este proceso es natural, común a todo el mundo y sin embargo tan particular e íntimo. Junto con esta experiencia, viene un estado de madurez, serenidad y seguridad que no teníamos antes. No por su ausencia, sino fundamentalmente por su calidad. Es la que nos permite pensar más allá del momento presente e inductivamente asegurar que los hechos se resolverán de una u otra manera. Es la que nos define,  no en el sentido de diccionario sino en diferenciarnos del resto del mundo a través de esos detalles. Ya que son producto de mis vivencias personales, más precisamente de mi manera de sentir e incorporar esas vivencias personales, no hay nada más propio que esta experiencia.

“Las nieves del tiempo platearon mi sien”.

Por cada cabello blanco tengo anécdotas que contar y vivencias para compartir.

No creo que sea malo dejármelas crecer de nuevo.

Ausencia de melanina

Canas pueblan mi cabeza hace más de una década pero ahora tengo mis sienes blancas. Al principio es algo que me molestaba, me hacía sentir extraño y ajeno a mi cuerpo, tal vez algún tipo de dismorfia… No lo sé. Con el tiempo, la resignación aparece con timidez pero implacablemente y uno termina acostumbrándose y enmascarando todo de aceptación. Hasta la semana pasada la vida transcurría así.

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“¿Y si te teñís?”  Fue la pregunta que abrió mi mente y me llevó a considerar asuntos que no habían estado jamás siquiera en la órbita de mi pensamiento. ¿Por qué no utilizar ese recurso que las mujeres utilizan hace años con tan buenos resultados? Las tecnologías de fabricación y los avances en la ciencia, hizo que las tinturas de cabellos hoy sean menos tóxicas, más eficientes, menos dañinas para el cabello y el cuero cabelludo, más sencillas de aplicar, más duraderas, más naturales a la vista, más accesibles al bolsillo.

Sin embargo, el machismo inserto en mi configuración mental, en lo más profundo de mi hipotálamo, me llevaba a negar la chance de hacer algo solo por coquetería, para verme mejor.  Porque en el fondo, la única razón era esa: verme mejor según mis estándares personales. Acercarme al arquetipo de mi mismo que habita en mi mente. Las razones utilizadas en esta lucha entre ser y ser y parecer, en mi pensamiento eran de lo más variadas, inconexas e ilógicas. “Las mujeres lo hacen y vos no sos mujer”, ”el mundo es otro, no existe tal diferencia”; “ si esta disponible hay que usarlo”,; “voy a parecer ridículo” ; “la gente ni lo va a notar”; “ se van a dar cuenta “; “te vas a ver lindo y te vas a sentir bien”; “no tengo que demostrarle nada a nadie, soy como soy”; “mi afuera se ve mas viejo que mi joven interior”; “el almanaque no miente”.  Horas y horas así.

Hasta la tarde que entré en la farmacia, miré cajas, recordé colores, comparé mentalmente y luego de mirar casi de reojo las instrucciones, pagué y me llevé una caja de color castaño oscuro apretada contra mi pecho palpitante.

Hoy ostento quince años menos, me peino y el espejo me vuelve al pasado y como desde otra dimensión yo con veinticinco años me miro y me asombro por mis logros y mi vida actual. Y de que me tiña el cabello.

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El jardín del señor B

¿Quién hubiera dicho que íbamos a llegar hasta acá? Parece mentira que un año, tan solo un año atrás la vida cotidiana era tan distinta.¿Era tan distinta?  Realmente si me detengo a pensar, no veo tanta diferencia. Pudieron haber cambiado algunas formas, algunas expresiones, pero el fondo, las verdades profundas y subyacentes siguen siendo las mismas. Sin dudas.

Sin embargo las sensaciones, los sentires creo que han cambiado. Los sentires respecto de las cosas son los que han cambiado. La realidad sigue ahí, casi intocable, casi inalcanzable, inmutable y ajena como siempre, como diría Descartes. Pero el sentir, la percepción, eso que genera en mí particularmente esa realidad, ha cambiado.

Sé que hasta ahora esto viene bastante metafísico y no me asusta ni desagrada, pero quiero intentar bajarlo un poco al terreno más llano, a un plano más palpable. Tal vez un ejemplo ayude.

Supongamos que tenemos una casa a la que arreglamos y cuidamos con esmero, porque apreciamos la belleza. Cruzando la calle, nuestro vecino el señor B parece ser más naturalista a la hora de arreglar su jardín. Tal es así que lo deja para que se arregle solo, creciendo como sea más conveniente para las plantas que lo habitan sin  preocuparse por la estética, la altura de los pajonales, las hojas secas ni los insectos que encuentran en el jardín del señor B una verdadera reserva natural donde fructificar y poblar la tierra.

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Así, al abrir la puerta de frente de mi casa, aprecio con deleite mi jardín al mejor estilo japonés y de fondo cruzando la calle, el monte selvático más salvaje e indómito imaginable. Esto me molesta. ¿Por qué tengo que padecer  viendo el abandono y el desorden del señor B? Cruzo la calle para pedirle cortésmente que corte su selva, que deforeste su patio delantero, a lo que con su amable sonrisa me responde que me meta en mis asuntos y mi casa y que si tanto me molesta ver su jardín no lo mire más. Más enojo me produce. Esa tarde  y la noche siguiente pienso y le doy vueltas al asunto, considerando denunciarlo a la Comisión Barrial, al Municipio, a Salud Pública, a alguien, para que lo obliguen a emprolijar ese monumento al libertinaje ecológico en que se convirtió su jardín.

Pero entonces, como una epifanía, un eco me devuelve la voz del señor B diciéndome “si tanto le molesta no lo mire más”. Esa es la respuesta.  Unto una tostada con queso para felicitarme por el descubrimiento y me voy a dormir con una paz que no sentía hace mucho.

“No lo mire más”.

La mañana siguiente es  más o menos como todas las mañanas hasta que salgo de mi casa. Frente a mi, mi jardín era la poesía hecha césped y arbustos y flores y a metros nada más se levanta la muralla verde del señor B, el marco perfecto para la obra de arte que es mi jardín. La solución me la dio el mismo autor de mis angustias visuales. O al menos lo que me llevó a la solución. El jardín está ahí, con sus matorrales, sus gallinas silvestres y sus insectos, sin embargo elijo no fijar mi atención en eso y percibirlo sólo como un fondo, un telón de escenografía para las cosas que sí me importan y sobre las que quiero poner mi atención, como mi casa y mi jardín.

Muchas veces, me encuentro así, preocupado por el jardín del vecino, ocupando mi pensamiento y energía en intentos de solución para cosas fuera de mi alcance y control. “No lo mire más”, no le preste atención, no se concentre en esas cosas. Eso es cambiar la percepción de la realidad, hacer ese recorte consciente y voluntario. Ser selectivo a la hora de colocar nuestros focos de interés, pensamiento, acción y trabajo para que la realidad sea otra. Otra y cada vez mejor para nosotros.

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