Dejar de fumar y oler al mundo

Una decisión simple de tomar pero bastante difícil de llevar a cabo, fue dejar de fumar.  Por años me estuve diciendo que en cualquier momento lo dejaría, que era la única cosa que hacía, mi único vicio, mi única debilidad.

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Pero en realidad eran todas excusas. Íntimamente lo sabía pero es más fácil incluso psicológicamente es más sano, inventarse y creerse esas excusas.

Comencé contando cuánto fumaba y controlando cada cuánto lo hacía, intentando siempre aumentar el tiempo entre cigarrillos para bajar la cantidad diaria. Hasta una recaída cuando por cualquier motivo cuando fumaba una cantidad enorme otra vez y había que volver comenzar…

Seguí prohibiéndome el fumar en la casa, primero en ciertos lugares como el dormitorio, luego el comedor, la cocina y finalmente el baño. Tal vez el baño mereciera un capítulo aparte, pero por ahora baste con decir que es otra excusa creer que el cigarrillo es el único motor de nuestros intestinos.

Sin embargo pese a todas estas trabas autoimpuestas y las prohibiciones sociales y legales de no fumar en lugares públicos cerrados, medio de transporte o eventos relacionados con salud, incluso si son al aire libre, seguía fumando. Afuera, muerto de frío, húmedo a veces y perdiendo tiempo de compartir con mis seres queridos -mis hijos-  y mi sera querida -mi esposa-.

Finalmente, pasada una típica noche de incomodidad para tragar y resequedad de vías aéreas superiores, una mañana de dolor típico de garganta me dije que no quería más pasar por eso, no quiero fumar más. ¿Costó mantener mi decisión? Al principio, los primeros días, pero el entusiasmo y el ánimo de la autosuperación juegan un papel muy importante a favor de uno. Pasado un tiempo, unas semanas, es más una competencia con uno mismo, es un deseo de mantener un poco más ese invicto, ese logro. Más tarde recordar que no se fuma más se vuelve costumbre, un hábito al que uno se apega justamente para mantenerse alejado del vicio.

Ahí es cuando surge, en realidad a los pocos días o semanas de abandonado el hábito, la terrible realidad que uno ignoraba o tal vez por una necesidad de salud mental lo había reprimido tantos años: el mundo apesta. El aire de cada casa tiene un olor particular, cada persona, cada auto, cada oficina tiene un aroma característico. A su vez, cada parte de una persona tiene un aroma particular: el cabello, la ropa, el aliento, las manos, los pies. El cosmos comienza a tener una totalmente nueva gama de indicadores que hasta el momento había permanecido oculta a nuestro cerebro a causa de nuestras células olfativas adormecidas por la nicotina y el tabaco.

El universo adquiere una nueva dimensión que se suma al consabido alto-ancho-profundidad: el olor. A primera vista podría parecer algo bueno, y es cierto que se aprende a sacarle provecho, pero no es un agradable sentido porque la mayoría de las cosas en el universo humano huelen mal. Al principio, cuando comencé a analizar ese fenómeno, supuse que era una malformación, algún tipo de mutación por los químicos del cigarrillo sobre mi nariz, mis receptores olfativos o incluso a nivel química cerebral. Cuando mi esposa dejó de fumar y comenzó a padecer de igual forma los vapores emanados por la gente que nos rodeaba y sus ocupaciones, salté a la conclusión de que el mundo es así.

Algún filósofo dirá que está todo en la mente, y se atreverá a decir que el mundo todo es una mera representación cerebral. Yo, más humilde, creo que padezco de la euforia de la segunda oportunidad.

Cuando se salva la vida casi por milagro, luego de un accidente , cuando salimos de una adicción, cuando se comete un gran error y se es perdonado, cuando una mano misteriosa nos revela una verdad que éramos incapaces de ver hasta entonces y decidimos reencaminar nuestras vidas, etc, se vive esta euforia de la segunda oportunidad. Ahora todo está conectado, es más bello, más sentido, más profundo, más colorido, más sabroso, más oloroso…

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