El jardín del señor B

¿Quién hubiera dicho que íbamos a llegar hasta acá? Parece mentira que un año, tan solo un año atrás la vida cotidiana era tan distinta.¿Era tan distinta?  Realmente si me detengo a pensar, no veo tanta diferencia. Pudieron haber cambiado algunas formas, algunas expresiones, pero el fondo, las verdades profundas y subyacentes siguen siendo las mismas. Sin dudas.

Sin embargo las sensaciones, los sentires creo que han cambiado. Los sentires respecto de las cosas son los que han cambiado. La realidad sigue ahí, casi intocable, casi inalcanzable, inmutable y ajena como siempre, como diría Descartes. Pero el sentir, la percepción, eso que genera en mí particularmente esa realidad, ha cambiado.

Sé que hasta ahora esto viene bastante metafísico y no me asusta ni desagrada, pero quiero intentar bajarlo un poco al terreno más llano, a un plano más palpable. Tal vez un ejemplo ayude.

Supongamos que tenemos una casa a la que arreglamos y cuidamos con esmero, porque apreciamos la belleza. Cruzando la calle, nuestro vecino el señor B parece ser más naturalista a la hora de arreglar su jardín. Tal es así que lo deja para que se arregle solo, creciendo como sea más conveniente para las plantas que lo habitan sin  preocuparse por la estética, la altura de los pajonales, las hojas secas ni los insectos que encuentran en el jardín del señor B una verdadera reserva natural donde fructificar y poblar la tierra.

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Así, al abrir la puerta de frente de mi casa, aprecio con deleite mi jardín al mejor estilo japonés y de fondo cruzando la calle, el monte selvático más salvaje e indómito imaginable. Esto me molesta. ¿Por qué tengo que padecer  viendo el abandono y el desorden del señor B? Cruzo la calle para pedirle cortésmente que corte su selva, que deforeste su patio delantero, a lo que con su amable sonrisa me responde que me meta en mis asuntos y mi casa y que si tanto me molesta ver su jardín no lo mire más. Más enojo me produce. Esa tarde  y la noche siguiente pienso y le doy vueltas al asunto, considerando denunciarlo a la Comisión Barrial, al Municipio, a Salud Pública, a alguien, para que lo obliguen a emprolijar ese monumento al libertinaje ecológico en que se convirtió su jardín.

Pero entonces, como una epifanía, un eco me devuelve la voz del señor B diciéndome “si tanto le molesta no lo mire más”. Esa es la respuesta.  Unto una tostada con queso para felicitarme por el descubrimiento y me voy a dormir con una paz que no sentía hace mucho.

“No lo mire más”.

La mañana siguiente es  más o menos como todas las mañanas hasta que salgo de mi casa. Frente a mi, mi jardín era la poesía hecha césped y arbustos y flores y a metros nada más se levanta la muralla verde del señor B, el marco perfecto para la obra de arte que es mi jardín. La solución me la dio el mismo autor de mis angustias visuales. O al menos lo que me llevó a la solución. El jardín está ahí, con sus matorrales, sus gallinas silvestres y sus insectos, sin embargo elijo no fijar mi atención en eso y percibirlo sólo como un fondo, un telón de escenografía para las cosas que sí me importan y sobre las que quiero poner mi atención, como mi casa y mi jardín.

Muchas veces, me encuentro así, preocupado por el jardín del vecino, ocupando mi pensamiento y energía en intentos de solución para cosas fuera de mi alcance y control. “No lo mire más”, no le preste atención, no se concentre en esas cosas. Eso es cambiar la percepción de la realidad, hacer ese recorte consciente y voluntario. Ser selectivo a la hora de colocar nuestros focos de interés, pensamiento, acción y trabajo para que la realidad sea otra. Otra y cada vez mejor para nosotros.

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